16 diciembre 2006

INFANCIAS VERDES. Capítulo vigésimo tercero

Las series británicas de humor

Ninguna pantalla inmensa de cine callejero iba a sustituir la increible comodidad de mi saloncito de estar con la tele puesta. Era algo que tenía muy claro. De acuerdo que ir a una sala de cine era un ritual, como quien va al zoo o al parque de atracciones, pero también daba la tele películas. Y las que daban me iban a marcar muchísimo más al transcurrir los años que las que me proponía a principios de los ochenta en calidad de estreno el señor Spielberg desde el Coliseo. Ahora, con treinta y siete años, me encuentro en la misma situación. Todo es un tema de pereza, pero también se basa en la cruel realidad del que vive en una provincia sin filmoteca. En mi hogar me hago ahora la mía propia, sin necesidad de tener que aguantar a un traductor absurdo, a un cinéfilo pestoso al lado, hasta a ese asiento de imposible confort. Una casa in cima al mondo que cantaba Mina, sólo que solo. Con la paz del autista jamás molestado (salvo por alguna llamada impertinente o por un amigo providencial favorito).
Treinta años antes, el niño Maciste ensuciaba con miguitas de bollo de leche el trozo de sofa que me tocaba, viendo las mil maravillas de una caja tonta un poco más espabilada de aquella. Confío que esta apreciación no sea subjetiva. Y aún así, al recobrar en formato DVD muchas de las series que llenaron mis pocos años, reparo en las imperfecciones de cada una de ellas. Aunque los mitos no se derrumban del todo, parecen en cambio tambalearse en los pedestales que yo mismo les puse.
Son series que ya están en la memoria colectiva de toda una generación de cuarentones. Las británicas tenían un toque especial. Si bien las dramáticas parecían adolecer de cierta frialdad (es el toque british que se suele confundir con el academicismo coñazo) las de humor eran descacharrantes, sin más.
Tal vez la que abrió la brecha fue Un hombre en casa. Pionera y gérmen. La del chico que debe compartir pisito con dos señoritas bien distintas. Las situaciones ambiguas, el enredo bien llevado, el gag brillante, todo surgía con espontaneidad gracias a unos guiones acertados. Era fantástica. Robin era tan simpático..., la morenita era tan maja, la rubia... tan rubia. Y los caseros, la bomba. Eran Los Roper. Capítulo aparte. Matrimonio de maduritos mal avenidos. George, colmo de la racanez, escapando siempre de su, aún con marcha, esposa Mildred. Increible Yootha Joyce, con su vestuario excéntrico, sus mohines perfectos, su ironía inglesa. Se hicieron tan populares que consiguieron pilotar su propia serie. Pero mientras vivieron en el mismo edificio que Robin y cía, pudieron perpetrar un montón de incordios entre todos que eran un regocijo. Eran pura carcajada. Se incorporaba además la novedad de las risas en off. Era un detalle curioso que otorgaba en el espectador la sensación de que estaba viendo teatro televisado. Esta modalidad puede resultar espantosa si se sueltan las risas enlatadas fuera de lugar. Afortunadamente con Un hombre en casa, chistes y risas encajaban como un guante. He vuelto a ver hace poco estas dos series, algo han perdido. Y es una lástima. Supongo que las cohartadas de la memoria colocan el mismo producto en un listón de exigencias que no merecerían. Pienso que los gags no eran tan buenos como cuando los reí a los ocho años. Pero hay momentos de hilaridad que no han envejecido en absoluto: como el manitas Robin haciéndose pasar sin éxito por sarasa, o el personaje de la hermana de Mildred en combate dialéctico con sus parientes. Y ese ambiente de clase media baja, trabajadora, laborista tan reconfortante.
Benny Hill en cambio ya era otro humor. Ya no se hilaba tan fino. Era la otra cara del humor inglés. Era todo más basto, chocarrero .... Era la herencia de los Carry on... Si, y repugnantemente heterosexual. Benny Hill es un sex symbol para mi ex Jose, el chapero. No tengo palabras. Y mudo sigo cada vez que veo a este muchacho por la calle. Pero de niño me hacía gracia aquel gordo baboso, lo reconozco. Seria su trepidación (burda copia del slapstick de los cómicos del mudo), las palmaditas en el cogote pelao al viejete aquel que parecía salido del reparto de I solti ignoti. O la música: inmortal, y jimhensoniana.
El humor británico era campeón por goleada a finales de los años setenta en la televisión de los dos canales. Recuerdo una con la cual me meaba literalmente. El tiempo la ha vuelto una serie ignota, nunca se volvió a reponer. Para mi era el colmo del divertimento surrealista. Se llamaba Un doctor en casa. Soberana locura con mad doctors y bisturis que vuelan, camillas que atropellan e higados que se pierden en un plato de legumbres. Busco en Internet y no la encuentro por ningún lado, es como si no hubiese existido o, de existir, que careciese de una mínima importancia. Pero yo estoy seguro de algo: que me moría de risa viéndola los jueves a las ocho de la tarde. Era la negrura convertida en carcajada total. Transgresora e impúdica, como el resto de sus parientas. Sin respeto por su odiosa monarquía ni por los políticos ni por nada.

Las series británicas serias

En cuanto a las dramáticas, tambien las hubo memorables. Y prohibidas para mí, como la ya citada en esta misma serie de posts Yo, Claudio. Espectacular tour de force de unos magníficos actores shakesperianos, que a falta de un Bardo se contentaban parloteando entre intrigas con los no menos excelsos dialogos de un Robert Graves tocado por la divinidad. Y, a pesar de todos los impedimentos paternos, conseguí ser testigo de un Claudio tartamudo y cojo en apariencia, divagando en la soledad de su triclinio /letrina, pareciéndome el emperador más bonachón del mundo y me aterrorizé con las maldades luciferinas de una Livia adicta al higo chungo, y de la actriz que la inmortalizó que, sin clámides, acostumbraba a pasar las noches con Peter O'Toole: la magnífica Sian Philips.
Para todos los públicos era la adictiva Poldark. Como era también de época, al infante fantasioso le permitía soñar con capas y espadas, con los rozagantes escotes de las posaderas y las prietas y abultadas mallas de los varones. La BBC no reparó en medios, tal vez intentando reverdecer las viejas glorias del cine de la Restauración en el que tanto se prodigó la productora Gainsborough en los años cuarenta (si, la de la damisela del cuadro saludándonos gentil a cada comienzo de película). La Inglaterra del siglo XVIII estaba muy bien plasmada y Poldark era aguerrido y moreno. Todo un terrateniente llegado de la guerra de la Independencia norteamericana.

Bandoleros y pí
caros
Fueron mis heroes con peluca de tirabuzones o patillazas cortadas al hacha. Ingleses como este Poldark o Dick Turpin (inapropiado el simpático Robin metido a bandolero) y en una onda hispana aquel Luis Candelas que respondía al pintoresco nombre de Curro Jimenez. En cuanto a Dumas, un experto escritor de novelas de aventuras, es imposible olvidar su notable creación del Conde de Montecristo cuando en España la protagonizó Pepe Martín. Pero entonces, si cabe Pepe o Curro Jimenez también cabrían otros héroes más exóticos. Desde las estepas rusas, como correo del Zar, el sinigual Miguel Strogoff padeció la tortura del fuego sobre sus ojos, en una moraleja terrible que hablaba de la falta de piedad del pueblo cosaco. Y cuando la picaresca se fusionó a la mentalidad del pueblo germano, la televisión puso Simplicissimus, la más conocida novela del alemán Von Grimmelshaüsen. Este literato se inventó un antiheroe muy curioso, tan bobalicón como buscavidas, especie de Gaspar Haüser que despertaba a la realidad con los golpes que da la vida. Fue de soldado a ermitaño, mediando entre ambos oficios una larga serie de menesteres que parecían sacados de la mejor tradición literaria quevedesca. Con Simplicissimus, saltándome la barrera de los dos rombos, se me abrió ante mí un erotismo altamente liberador (por no decir libertino) que me puso en contacto por primera vez con las formas de entender la sexualidad fuera de los USA. Hubiese sido demasiado ya que, parejo al jóven Simplicissimus me hubiese podido colar en algún pase golfo del Decamerón pasoliniano. Hubiera acabado comprendiendo con toda la precocidad del mundo que entre la espalda desnuda de Jane Seymour o los pantalones ajustados de Starsky y estas audacias europeas había un abismo tan claro como estimulante. Era la distancia que separaba a dos culturas bien distintas: una muy vieja pero pletórica y otra jovencita pero contaminada ya por represiones farisáicas.

2 comentarios:

filomeno2006 dijo...

Dick Turpin, "gatuno" de la Rubia Albion

filomeno2006 dijo...

La espalda desnuda de "Captains and the Kings" no era de la Seymour; era de BARBARA PARKINS