26 diciembre 2006

FANTASMAS DE MEDIANOCHE

Hoy...MICHAEL GOUGH (1917- )

Nunca he podido soportar a los puristas del género de terror cuando se dedicaban a hablar pestes de la Hammer Films. Esos pedantes que recibieron con alborozo la versión bluff del Dracula de Coppola. Se lo tomaban como el no va más, el filme que hacía por fín justicia a un mito sagrado (mejor dicho, satánico) de la literatura universal. Curioso sería ahora preguntarles a estos mismos señores, cuando el impacto de la moda y el marketing del filme se han extinguido, cuando el Tiempo ha conseguido poner en su sitio al sobrevalorado Coppola y a la infravalorada Hammer, por ambos fenómenos. Dí tu que un pedante orgulloso de su condición lo será hasta la muerte, jamás modificará unas opiniones preconcebidas que él mismo se ha encargado de convertir en patente de corso para los lerdos que le siguen.
Pero volviendo a la Hammer, y teniendo presentes siempre sus aciertos y defectos, no se le podrá jamás rebatir el haber sido la gran resucitadora de un noble género cinematográfico (sí, noble, pese al teatrero del Lugosi y a la capita del vampiro, y a los tornillos del Frankenstein y a los pelos peluca del hombre aullador) género digo, que estaba más degradado, más quemado que el canceroso Fidel en su residencia habanera. Además la Hammer pobló de lords, de gentlemen unos eficaces repartos. Esto unido a la fría elegancia tan british de unos directores, decoradores, maquilladores y demás artesanos, justificaron por si mismos el éxito de los productos allí salidos, devolviéndo al terror finalmente a una nueva edad de oro. Si la Hammer era mala, ¿qué le quedaría a la Amicus en la opinión de los cultistas fanáticos de Stoker y Shelley?. Buff, no lo quiero ni pensar.
Volviendo a los gentlemen, eran tan irreprochables Christopher Lee y Peter Cushing (sobre todo el segundo)... Pero de igual manera, entre los secundarios no habría que menospreciar a un Dennis Price o a este mi homenajeado de hoy, a Michael Gough. Cada vez que veo al viejo Michael en una película de terror sesentero termino adorándole sin concesiones. Adoro su rostro tan personal, que le otorga una fisonomía espectacular: siempre torvo, inquietante. Como además se especializó en los ingratos papeles de aristócrata depravado, esto lo hace crecerse ante mis ojos, hasta convertirse en ejemplo a seguir para un pobre aficionado como yo. De Gough pocas bondades se pueden esperar en las historias de buenos y malos, sólo cabe el goze de sublimar la maldad hasta volverla algo apetecible y estimulante.
Las nuevas generaciones lo conocen en su senectud en toda la serie de los Batman de los años noventa. Era el fiel Alfred, sirviente del Hombre Murciélago, aquel con el que algún día fue tan feliz (Batman se iba con él por las pelas y por la típica urgencia sexual de los años mozos). Pero al conocer a Robin, las tornas cambiaron. Batman se entregó a los placeres efébicos y un Alfred siempre enamorado de su dueño aceptó servirlo pese a ser muy rico, conformándose con amarlo en silencio mientras le lavaba los bat tangas en la soledad de la bat lavandería. Reinterpretaciones serias aparte, Michael Gough era el único actor de aquellos bodrios millonarios. Y de alguna manera, para quienes lo amamos, resultaba doloroso verlo en tamañas tonterías para adolescentes comiqueros. Sólo intuíamos respeto sacro en el director Tim Burton, que años más tarde volvería a recurrir a él para que doblara la voz de uno de los personajes animados de su recomendable La novia cadáver (muerto su actor fetiche Vincent Price, bienvenido era Gough como recambio viviente).
Sin embargo, la historia de Gough se remonta a mucho antes de sus papeles tremebundos en la Hammer. A finales de los años cuarenta era ya un eficaz característico del cine inglés. Asi lo vimos de Nikolai en la Ana Karenina (1949. J. Duvivier) de Vivien Leigh, o de villano en algunos filmes históricos y de aventuras para mayor gloria de un a puntito de marcharse a los USA Stewart Granger. En los años cincuenta con James Mason en la emigración, Gough pudo solventar con su labor esa pérdida aceptando papeles idóneos para Mason. Algunos títulos: Blanche Fury, No resting place, Blackmailed (en donde un bisoño Dirk Bogarde estaba asimismo relevando al emigrado Granger) o The sword and the rose (donde Gough bordó un Duque de Buckingham). En estos primeros cometidos se le veía como pez en el agua, lo suyo era el drama... histórico, a poder ser. Papeles de odioso, de intrigante, hechos con dobleces y en vestuario de época. Su británica señoría... siendo como era malayo de nacimiento (anécdotas de la Inglaterra colonial, supongo).
En los años cincuenta también pasó por la ciencia ficción del larguísimo serial del Doctor Who
. Y sería conveniente resaltar que fue un actor shakesperiano como la copa de un pino. Esta parece ser una constante en todo actor criado en las Islas que se precie de serio. Como Vincent Price, su etiqueta de monstruo casi han silenciado esa otra faceta de la que seguro que estará en el fondo más orgulloso (los idólatras del terror de consumo pasarán por alto esta parte de su curriculum, dejando al artista a todas luces incompleto, pero así son estos zoquetes pinchauvas). Y, sin embargo, también con Shakespeare fue un buen asesino (Dighton en Ricardo III), un Casio formidable y además Metellus Cimber (en dos Julio Cesar), un elegante Belarius (en Cymbeline). Su poderío escénico atrajo la mirada mariconil de un Derek Jarman que en Caravaggio (1986) le nombró Cardenal Del Monte, cuando ya había sido un año antes arzobispo para un Rey Arturo de la televisión británica. Y también en televisión cizañó lo que pudo para que el célebre Conde de Montecristo (1964) se pudriera en las mazmorras más lúgubres que idear pudo Alejandro Dumas.
Visto el impresionante bagaje de este actor que no llegó nunca a Sir (curiosamente), el mentar sus papeles en la Hammer parecería hasta superfluo. Y en cambio él figura en el histórico Dracula (1958) de Terence Fisher, era el padre de Mina. Sin duda fue un papel menor, de escasa enjundía que malgastaba el poder magnético de Gough. Detalles que desaparecieron en Los horrores del museo negro (1.959, Arthur Crabtree), flme fallido por su hibridez tonal, incluso de géneros, pero que se salva por una inusitada violencia y el desmelenamiento total del actor. Como competencia de Vincent Price era el mejor. Donde alcanzó la grandeza fue en la nueva versión que proponía la productora del clásico El fantasma de la ópera (1962. Terence Fisher). Era el personaje que les faltaba por recuperar, y aunque los guionistas se emperraron en empobrecer una historia perfecta, cargada de romanticismo morboso, se salva gracias a una ambientación, decorados e intérpretes soberbios. El Lord Ambrose D'Arcy que compone Gough es perfecto, gracias a su mezquindad inclemente pudimos amar al terrible Fantasma de Herbert Lom, más cercano al original de Chaney que el almibarado Nelson Eddy de la adaptación norteamericana de 1943.
Gough a lo largo de los sesenta y parte de los años setenta reincidiría ocasionalmente en este tipo de cine. Pero por desgracia, los logros de la productora iban poco a poco cayendo en la redundancia, en la vulgaridad y en la falta de ideas. En 1970 podemos afirmar que ya toda la escudería de gentlemen marca Hammer estaban hartos de hacer siempre lo mismo. Aún por encima deberían aguantar la cruz del sambenito, de los etiquetajes. Tal vez Michael Gough al nunca ceñirse a un sólo registro pudo ampliar sus sueños hacia otros papeles que anhelaba sin grandes traumas. Ya de aquella los compaginaba con sabiduría.
La nueva hornada de realizadores, en cambio, al rescatarlo en su senectud fue para que siguiese en la ruta de la fantasía y la ciencia ficción. Un camino seguro, para un actorazo que ya había demostrado con creces su seguridad en cualquier registro dramático.

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