24 diciembre 2006

DIRIGIDO POR...FA. Crónica elemental del neorrealismo italiano.

Finale

Tu vuoi fare l'italiano, americano.

Si las rimbombantes transalpinas de los cincuenta entraron a tientas en el sistema hollywoodiense con mucho gusto y busto (aunque la Loren en seguida se percató de lo buena actriz que tenía que ser cuando el fijador de laca se acababa), los actores de prestigio sufrieron el esquematismo yanqui a través de la vía previsible. Los Gassman, Vallone, De Sica... debieron encarnar al latin lover más trivial. Era lógico que durasen en las Américas lo que duró el filón. Ni las féminas pechugonas pudieron aspirar a demasiadas florituras. Si Howard Hughes se fijaba en la delantera de la Lollobrigida era sólo para utilizarla como flotador salvavidas de la, por otro lado, improrrogable Jane Russell. Entre capos, los negocios se dirimen con pocas sutilezas.
La valía de un monstruo sagrado como la Magnani repito que es una excepción. Y con lo poco que hizo en Hollywood (ser musa de Tennessee Williams) reafirmó toda la grandeza de una bigger than life. Pero ya digo que era previsible este tratamiento, los americanos estaban exclusivamente usurpando, a la vez que degradando, el folclorismo carnal del entrañable neorrealismo rosado.
Sin embargo es interesante comprobar una cierta influencia de los maestros italianos primigenios en algunas obras hollywoodienses de los años cincuenta. En el caso de Fred Zinnemann tanto Hombres (50) como la inmediata Los ángeles perdidos (48) nos remiten indefectiblemente a los Germi o De Sica al afrontar, en un estilo rayano al docudrama, temas candentes como, en el primer caso, los problemas de reinserción social de los parapléjicos de guerra y, en el segundo, la odisea de los niños desplazados en campos de refugiados. Decidió rematar la trilogía con Teresa (51). O sea, Pier Angeli y la inadaptación de los inmigrantes italianos en la Gran Manzana.
Vista la posterior evolución del señor Zinnemann, muy propenso a seguir modas, deberíamos sospechar en él un más que evidente signo de oportunismo al acercarse al estilo cronacha (sin por ello menoscabar la valía de los filmes citados). Sus razones tendría, de alguna manera no estaba solo. Hay muchos ejemplos de recuperación de un realismo social en el cine norteamericano que bien pudo iniciarse en los años treinta con el desfile de manirrotos y gangsters en la inolvidable Warner. Años más tarde, la era de autor en la Fox, supuso un fuerte revulsivo contra el convencional filme de evasión. Peones de sobrado talento como Kazan, Preminger, Mankiewicz o Dmytrick debieron estar al tanto de sus compatriotas europeos (y no sólo italianos, sino que Alemania era fiel espejo de un neoexpresionimo visual impactante y bien adecuado al género negro). El germen del cine de autor estalló masivamente en los 50 con el fin del sistema de estrellas en donde entrarían la famosísima Marty, los disfraces de mamma de Bette Davis o los filmes B de jóvenes inadaptados. Y, por otro lado, con el nacimiento de la televisión, donde crecieron señores comprometidos con una ideología de izquierdas como Frankenheimer o Lumet.

Madurez sin involución
Mientras la sana línea que los neorrealistas ejercieron en algunos decisivos autores norteamericanos fructificaba en bien de un cambio imparable, los maestros del movimiento guiaban su carrera por caminos diferentes. Rossellini provocó polémicas en la RAI con telefilmes históricos y religiosos. Fellini abrió una segunda etapa dulce que se denominó poética y que arranca con Las noches de Cabiria (58) y se institucionaliza en La dolce vita (60). El más sorprendente quizá fue el caso de Visconti que a partir de Il gattopardo (63) y Sandra (64) exacerbó su obsesión por el barroquismo puntilloso (al borde de la maniera), la ópera italiana y el melodrama decadente, tan opuestos a sus primeras obras. Impensables aquellas en sublime color fotografiado por Rotunno.
Pasaron a ser piezas de veneración en salas de arte y ensayo en la España del desarrollo. En ellas pudimos descubrir a una completamente refinadísima Silvana Mangano, culmen de la sofisticación y de la elegancia, o a una Lucia Bose de igual forma arropada por públicos exigentes y connaiseurs de toda la vida. Nunca lucieron más bellas, nunca mostraron tanta riqueza interior como entonces. Fue el viraje culto de las antaño silvestres maggioratas.
Huelga decir finalmente, que esta aproximación a una determinada época del cine italiano no procuró ser viaje riguroso ni definitivo. He dejado numerosos nombres en el tintero, muchos de ellos importantísimos a nivel histórico, quiza en beneficio de otros a los que di más cancha. Quede ahí dicha licencia en favor de otros gustos que han aflorado en mí a la hora de confeccionar este mini ciclo. Desde un punto de vista sentimental o pasional pueden entenderse. Forman parte de mi memorabilia traicionera en la que siempre confluirán imágenes imborrables como las de los ragazzi perdidos en la pillería más honesta, las matronas siempre en los albores del desgarro para defender lo que es suyo, las calles ruinosas de la dopoguerra, los muchachotes rabiosamente guapos en vaqueros y camiseta de trabajo, las putanas y chulitos salidos de algún poema de Pasolini o las generosas carnes que diríanse resucitadas de un sueño de Rubens. Cifariellos, Rallis, Arenas y tantas, tantas anónimas representaciones de toda una era revivida ya con nostalgia.

1 comentario:

filomeno2006 dijo...

"Fronte spaziosa" de Marlon Brando en El rostro impenetrable, 1961