17 diciembre 2006

DIRIGIDO POR... FA. Crónica elemental del neorrealismo italiano

Terza puntata:

¿Erotismo o compromiso?


* Amor amargo tú me das
Pese a todo, el movimiento popular más exigente tenía los días contados. Avispados productores se habían percatado del poco rendimiento de tales obras y jugaron a dos bandas lanzando productos que revestidos de un falso realismo proponían abiertas concesiones al erotismo de la carne prieta. Los ejemplos más claros se encuentran en Arroz amargo y Ana, ambas del magnate Dino de Laurentis. Y aunque en la primera se podía comprobar un rigor casi documental a la hora de filmar el penoso trabajo de la recogida del arroz por parte de una comunidad de trabajadoras, Europa entera prefirió quedarse con la frondosa carnalitá de su maravillosa protagonista: inolvidable Mangano de ceñido suéter y pantalones cortos. El campo estaba pues lo suficientemente sembrado como para que los De Laurentis, Pontis y demás jerifaltes recogieran bajo su protección a todas las maggioratas que en Italia hubo (abundantes, y de "abundantes" razones). Particularmente a mí tales individuos me parecieron siempre unos mafiosos pagados de si mismos, unos casi chulescos negociantes que, a pesar de los pesares, supieron crear unos disfraces glamourosos en los atronadores cuerpos de sus señoras. Y teniendo en cuenta que la mayoría de ellas habían salido del tan italiano arroyo que eran los concursos de belleza o los tope camp fotoromanzos, toda la prosperidad de la que disfrutaron indica un loable ejercicio de tenacidad por parte de sus promotores. No hay más que comprobar lo que llegaron a ser la Loren y la Lollo a partir del inicio de sus carreras americanas.

* Sole, pizza, amore

Cómo olvidarnos de la Pampanini y sus magníficos sostenes atómicos, con aquellos cinturones abrochados al límite de lo racional que ceñían lo indecible y empitonaban en el colmo de la expresividad. Recordemos las diversidades de algunas de ellas cuando se enfrentaban en buena lid. Por ejemplo, en La Bella Campesina (1955. M.Camerini) la habitualmente lacrimógena Yvone Sanson era la esposa del gobernador De Sica y lucía unos vestidos suntuosos en comparación con los de la Loren (ropa sexy, esas medias largas que se ven mientras se columpia en una feria y que provocan el desaguisado. Incluso el pícaro pintor Fragonard se hubiese ruborizado ante semejante descaro en balancín). Contra la señorial Sanson, guapa de morir, la salvaje sensación de una Loren sin pulir (y cuando se pulió, acabó tanto o más estatuaria que aquella).
Luego estaban las poco torácicas: Lea Massari, Elsa Martinelli, Maria Fiore, Cosetta Greco o Lucia Bose. Curiosamente estas dos últimas fueron unas sencillas ragazzas de piazza de Spagna, en el filme homónimo de Luciano Emmer (1951). Cada una novieta de su machito. Ahí entrarían en juego ellos: los popolanos simpáticos y atractivísimos, los poveri ma belle, equivalentes en poderío sensual a las opulentas hembras. En este filme olvidado, aparecía el personaje de Augusto (Renato Salvatori). Era el novio de Lucia, un celoso en camiseta y pantalón de pinzas. Salvatori aún no estaba tan hecho (complexión efébica) y su rostro bisoño era un deleite para menoreros con querencias por los adolescentes ingenuos y canallas. En resumidas cuentas, el chico casi era el guaglione de la canción, aspirante al título de macho rudo/campestre pasoliniano, que se tiene que conformar mientras tanto con las aventuras románticas de la Roma amable junto a la siempre fascinante Bose (imposible tetuda, actriz señorial incluso de modistilla, gran altura) y una destartalada furgoneta repleta de pueblo. De todas formas el guapo Renato no llegó a ser nunca un chico Pasolini de manera oficial, en cambio su gran papel lo interpretó para otro artista gay: el maestro Visconti en Rocco.

*La manguera ¿dónde está?
Alguien bien atinado denominó a toda aquella corriente que se produjo no bien entraron los años cincuenta como neorrealismo rosado. Las calles de toda Italia fueron de ellas (pizzaiolas o bersaglieras) y de ellos (taxistas y mecánicos) que con arrabalero ademán pregonarían un tipismo ahora encantador, quizá vulgar e histriónico pero nunca ofensivo.
Revisando hace poco una cinta con Marisa Allasio al frente, concretamente Marisa la civettá (1956. M. Bolognini) no puedo por menos que rendirme a su ordinaria sensualidad en escenas que encuentran la "llamada del sexo" sin dobles tintas como cuando la Marisa es regada a manguerazo limpio por un Renato nunca tan irresistible. El público masculino pudo disfrutar viendo empapada a la coqueta y ella, sabiéndose observada, todavía se alejaba contoneándose. Las féminas fueron recompensadas igualmente cuando al final era la propia Allasio la que le devolvía el manguerazo al macho. Todo un derroche de energía lúbrica con guión de Pasolini, toda una concesión a la bragueta de los erotómanos y que nunca llegó a desaparecer del todo.
En concreto la noble tradición del manguerazo reaparecerá quince años después en una comedia erótico-festiva como fue Bianco, rosso e...(1971) del especialista Alberto Lattuada. Al comienzo del filme, Sophia Loren muy carnal observa complacida cómo se riega un sudoroso obrero (¡Juan Luis Galiardo morenazo y super macho!). Al descubrirla vigilándole la riega a ella. Una secuencia resultona y que se circunscribe plenamente en la tradición de los baños vestidos. En cualquier caso, la Loren aquí iba de monja (eso sí, con pasado) y muy casta. Trabajaba de enfermera en un hospital (como la Ana Mangano del propio Lattuada, por cierto). La parte más grata la ponía de forma exclusiva una Tina Aumont maravillosa, perennemente colgada, como díscola paciente con ligueros y plumas de marabú.
Picardías de las divas italianas de la vieja y la nueva generación. Algo que desde luego en ningún momento le hizo falta a la excepcional Anna Magnani, que en los años de la Resistencia prefirió ser lider de desarraigados que objetivo de voyeuristas. Una grande entre las grandes. Capítulo aparte de la memoria romanesca.

continuará la próxima domenica

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