22 diciembre 2006

ALBUM DE CROMOS CHICARRONES SANOTES

Cromo nº 15: TROY DONAHUE (1.936-2001)


El rubio más hermoso (y más soso)
Troy Donahue fue un guaperas desopilante de connotaciones casi fetichistas. Su trascendencia en el mundo del cine es más bien nula, en cambio, su fama fue universal, alcanzando su fulgor a terrenos que en principio parecían ajenos a su incumbencia. Cuando Warhol decidió incluirlo en su galería de serigrafías estaba claro que el chicarrón de la gran pantalla había pasado a la inmortalidad del siglo XX como referencia obligada de la cultura pop. Lo dictaminaba su gran gurú.
Troy era un chico sencillo detrás de todo ese glamour promocional que le convirtió en uno de los baluartes más seguros en su lustro de éxitos dentro de lo que se denominó el boomer pin up (o sea, el equivalente de las pin up's para adultos pero orientado a una audiencia de colegialas en la edad de la primera regla). El era plenamente consciente de su nulo talento para la interpretación, sólo apuraba una fama de la que conocía plenamente su fugacidad. No creo que le sentase mal que en los años setenta un musical de Broadway como A chorus line, se inspirase para uno de sus números en su sosería innata. If Troy Donahue could be a movie star, then I could be a movie star! , decía la letra. De alguna manera, en aquella década aciaga de los setenta, cuando Troy parecía ser menos que un volátil recuerdo para cuarentonas aburguesadas, el haber sido mentado, aunque fuese para mal, era ya un sígno de reconocimiento de que como icono popular seguía manteniéndose firme. Y veinte años más tarde, aún los guionistas progres seguirían recordándolo para burlarse: fue cuando en Los Simpsons se sacaron de la manga al relamido galán de playa Troy McClure, en lo que era una suerte de chiste privado que se nutría tanto de las personalidades de Donahue como de la de su compañero de generación Doug McClure, el inolvidable "Trampas". Mofa que ni siquiera sufrieron galancitos coetáneos tan negados como él para la interpretación como Tab Hunter (tal vez por haberse reciclado en el underground de John Waters) , Rock Hudson (por su muerte por la peste negra, posiblemente) , Paul Newman (porque es una estrella y además todo el mundo dice que es un gran actor) o el beauty Beatty (por su posición de productor multimillonario).
Y en cambio, su vida parece venir tan estigmatizada por hechos sórdidos que bien pudieran erigirirlo en una respetable figura maldita. Empezó a alcoholizarse a los trece años, a los treinta ya era un borracho profesional, luego vendrían todo tipo de drogas y sus matrimonios de coña (le duraban meses) y el deterioro físico y moral. Era como si aquel hermoso pavisoso, aquel pastelito de carne en colores vivaces llevase por dentro una procesión en la que él desempeñaría funciones de nazareno redomado. Cualquiera de estos escabrosos detalles fueron convenientemente silenciados por su manager y descubridor: el fundamental en el fenómeno fans Harry Wilson. De manera pública era el principito azul de cualquier teenager de secundaria. De puertas para adentro, como buen descubrimiento Wilson, abastecía en lo que podía a la prensa malévola.
A un nivel personal, Troy Donahue siempre para mí será un personaje entrañable, cuyo impacto visual me trastornó en mi infancia. En la terna de candidatos que darían en la diana de mis preferencias homosexuales se hallan Warren Beatty en Esplendor en la yerba y Troy en Parrish. Cuando dediqué en Infancias verdes un capítulo a ponerle una fisonomía concreta a mis tempranos rubores eróticos al final me decidí por el primero. Pero es más que probable que fuese el segundo el que verdaderamente me hubiera abierto los ojos. Cualquiera de los dos, eran materia prima imponente y deslumbradora, sin duda.

El sustituto de Tab

Donahue en la Warner Bros tuvo su momento más dulce. Venía a heredar el puesto vacante que había dejado el también blondo Tab Hunter, que por desavenencias con los mandamases se había marchado a otra productora. Troy en principio era un americanito en estado puro, sin la mancha gay del otro, sin escandaleras conocidas. El público norteamericano ignoraba que ya había sido un adorno casi invisible en filmes variopintos durante la segunda mitad de la década de los cincuenta. Haciendo bulto, la verdad es que lucía bastante: me acuerdo ahora de aquel vehículo para el matrimonio Curtis/Leigh, Vacaciones sin novia (1.958), una grata comedia de Blake Edwards previa a Desayuno con diamantes. Troy pasaba como una exhalación por un par de secuencias sin diálogo, el íba donde la multitud. Pero las guedejas de oro resplandecían entre todo aquel grupo de oficiales de la marinería.
En el horror campy no se amoldó nada bien por inexpresivo, pero salir salía en Monster on the campus (1958). Estaba claro que en esos primeros años, no se sabía muy bien qué hacer con el capricho de temporada favorito de Harry Wilson. Como émulo de James Dean (Live fast, die young), carecía del carisma del original (aparte que habían ya muchos candidatos, y mejores, para tan ansiado relevo). Como alumno de Strasberg no creo que de apuntarse hubiese pasado ni una evaluación (Paul Newman era el sapioncillo, el que sacaba matrículas de honor).

Los melodramas de Delmer Daves

Para fortuna del chico, Delmer Daves terminó su carrera en un sub género dentro del melodrama que fue un bombazo: la adaptación de best sellers insufribles. El otrora excelente artesano de westerns al embarcarse en este tipo de cine necesitaba de savia nueva que pudiese aportar tanto romanticismo acartonado como leves toques de picardía juvenil. Filmes como A summer place, Susan Slade o Rome Adventure seguían un mismo patrón, el que imponía un original de calidad mediocre: una fácil lectura, argumentos tremendistas, sentimientos humanos exacervados buscando el rápido calado populista y toques de osadía sexual que enmascaraban una fuerte moralina conservadora. Al pasar los novelones al cine, el matriarcado suspiró de placer con unas tramas bobas que siempre giraban en torno al peligro de la ruptura del nucleo familiar a través de los conflictos intergeneracionales. Así, tanto padres como hijos podían identificarse con unos personajes tan distorsionados como la realidad planteada. Sexo en la adolescencia, madres solteras todavía con edad de tomar ellas el biberón, muchachos díscolos o ambiciosos, padres ejemplos de nada... Nada que no hubiese propuesto antes el difunto James Dean. En todo caso la fórmula funcionó al fusionarse inteligentemente la combinación Rebelde sin causa y el melodrama Sirk. Y Troy ya había demostrado haber encajado correctamente bien en un peliculón de Sirk como fue Imitación a la vida (59).
Este filme memorable por tantas razones, le dio la oportunidad al rubio de afianzarse en la senda de los heroes de plástico con capacidad para amar fuera de convencionalismos. Su pareja era Sandra Dee, institución histórica, arquetipo de un cierto tipo de actriz juvenil que duró lo que un soplo y que bebía tanto del ingenuismo victoriano de las niñas de Mary Pickford como de la mojigatería de las horrendas solteronas fashion de Doris Day.
Pero ambos volvieron a coincidir , y en beauté, en A summer place. Representa un mini clásico de la lágrima, que no debería ser menospreciado a simple vista. Es una muy agradable muestra del arte de Delmer Daves para darles al público jóven un tipo de cine más exigente que el que solían consumir en las habituales sesiones de drive in. En cuanto a los otros tres títulos (Susan Slade, Roman Holidays y Parrish) el único defecto que se le pueden encontrar con el transcurrir de los años es el fracaso flagrante de unos niñatos que no logran trascender en unos papeles cuyas tramas histéricas les sobrepasan. El ridículo se sublima por unas bellezas demoledoras (aunque no logren del todo camuflar la estupidez interior) pero que en su erotismo adolescente parecen agarrarse como clavo ardiendo ante las interpretaciones maduras en esos mismos filmes de los veteranos que hacen de sus papás (Richard Egan/ Dorothy McGuire en A summer place, Lloyd Nolan/D.McGuire en Susan Slade, Karl Malden/Claudette Colbert en Parrish). Viendo hace poco un melodrama desmelenado, pero con una querencia innegable por recuperar la atmósfera del weepie clásico de un Stahl, un Wyler o, de nuevo Sirk, Los jovenes canibales (60) pude comprobar con asombro cómo los mismos resultados se seguían repitiendo con más cachorros de aquella nueva hornada (en este caso, el matrimonio Wagner/Wood, George Hamilton y la, a pesar de todo, maravillosa Susan Kohner). La crisis del final del sistema de estudios parecía repercutir en estos fichajes teen que a cada aparición en pantalla provocaban un dolor nostálgico por tantas pérdidas del ayer (Irene Dunne, Mirna Loy, la Bette Davis jóven).

Surf televisado y decadencia total
Mientras la Warner cuidaba con mimo a su tesoro rubio, la televisión le ofrecía culebrones de impacto más inmediato. En Surfside 6 compartió reparto con Van Williams o Connie Stevens (normalmente la que relevaba en el cine a Sandra Dee como su pareja oficial). El ambiente playero se imponía a principios de los sesenta y Troy fue un grato Apolo en bañador y tabla de surf. Perennemente bronceado, disfrutó varias temporadas de las olas de Palm Springs, siempre con unos pretextos argumentales insignificantes, típicos de soap opera.
A partir de 1965 el contrato con la productora caducó y empezó su cuesta abajo. Pudimos verlo en un seudo Bond, donde aún estaba guapísimo: Come spy with me. Pero también nos llevamos las manos a la cabeza cuando se notaron a la perfección los estragos del LSD en su cerebro al aparecer con barba de ZZ Top y greñas jipiosas en un engendro titulado The love thrill murders (1971). Era el fin, sin duda, del ídolo de plástico. Como estampa sicodélica estaba más bueno Dean Stockwell en Psych Out o Sal Mineo en Who killed Teddy Bear.
Cuando pretendió revitalizar su carrera interviniendo en El Padrino, lo único que logró fue la gracia de que su personaje se llamase como se llamaba él en la vida real: Merle Johnson. Y aunque después de tocar fondo, levantó algo de cabeza a partir de los años noventa en unos cuantos largometrajes y series de televisión olvidables, la realidad es que Troy no era un hombre que estuviera curtido como actor, por la mera razón de que careció de la oportunidad de ir mejorando con la experiencia que dan los años, como Rock Hudson por ejemplo. Y aún por encima, su irresistible juventud se había ído a tomar viento.

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