28 diciembre 2006

5. ROMANCERO APAGADO

A día de hoy me encuentro tranquilo en asuntos del corazón. Estoy sólo y no siento celos por nadie. Es posible que esta situación me empobrezca como persona, pero después de todo lo que llevamos recorrido de este siglo 21 tan encoñado y mártir, creo que ya era buena hora para descansar.
Después de Jose, el chapero llegó a los cuatro meses el otro Jose, el escayolista. Y los primeros meses de relación fue vivir en una nube contínua. Felicidad total y plena se llamaba esto. Coincidía además con el arranque del blog. Todo está aqui escrito. Es innecesario volver atrás punto por punto. En cambio, ahora que hago balance, convendría enfocar el pasado desde mi estado presente, o sea, desde la frialdad del que no siente, desde la luz del que no lleva la venda. No sé quién tuvo la culpa, tampoco importa. El por un lado, desde su personalidad neurótica, me avisaba de que no me enganchase. Pero mientras me lo decía no paraba de acariciarme. De tratarme como a un recién casado. Desde su lado femenino (que era bastante, demasiado para mi gusto) operaba sobre mí un trato diría que materno filial sumamente bizarro. No es que me diese el pecho, pero poco le faltó. Han habido detalles de profundo cariño que no he comentado en su momento, que me helarían el corazón ahora si reparo en ellos. No está en mi ánimo hacerlo. Como tampoco he editado aquí numerosas aventuras desagradables que conseguían descentrarme. Era un extraño caso de neurosis con ramalazos esquizofrénicos que ni tan siquiera viví con el chapero (el gran esquizo). Infantilismo que al planteárselo lo rebotaba en mí, debido a mi torpeza pero también porque era un buen jugador del frontón verbal. Y a menudo yo perdía partidas.
El final de la relación se fue fraguando solo. Sus ausencias, mi apatía (venda que iba cayendo)... Y el que cortó esta vez fui yo. Fuí cruel, muy injusto, no deseaba ni siquiera conservar su amistad. Muy duro porque como mi madre me dijo: él te había dado tanto... Si, pero ante todo, me daba cosas materiales. Cosas de las que podía prescindir. Cuando me daba mimos, abrazos, contacto físico, el fingía en el fondo, trataba de dar un sentido a aquella relación entre dos hombres (un tipo de relación que siempre me aseguró no haber vivido jamás antes con nadie. Ni con tios ni con tias. Con animales no sé, pero no habría porque dudar de su última condición de virgen férrea. Tampoco según sus palabras se arrepentía de aquello), relación digo, que no creo que le hiciese pasar buenos ratos (me refiero en los instantes de intimidad). Caso curioso de alma samaritana que un día se me acercó al verme afligido en una calle sin salida y quiso echarme una mano (yo afligido no estaba para nada, todo lo más inquieto porque lo que quería era zamparme su bollito). El muchacho deseaba que recuperase el ánimo porque sabía lo que era estar en un estado depresivo. El era el maldito bueno. Aquel ser ya inventado por Dostoiewsky en El idiota (principe Mishkin). También valdría un gachó del Antiguo Testamento que me parece que se llamaba Abel. Son peligrosos, cuidado con ellos. Desconfía siempre del recto, del sacrificado, del que recibe con penitencia el golpe en la otra mejilla. Es la anormalidad de la normalidad.
Y en septiembre le dije que no perdiese el tiempo viniendo más junto a mí (la anterior vez Jose ya había expresado a las claras su intención de suprimir el tema del contacto físico, aquella pantomima que ni siquiera podía llamarse sexo aunque yo terminase mojado, como los grandes amantes) . Y le dije que se fuese después de haberme traído sus patatas, haberme arreglado nosequé, haberle hecho compañía protocolaria a mi vieja... Por eso fui algo cruel. De todas formas dudo mucho que le doliese, porque toma una medicación muy buena que seguro le impedirá padecer frente a cualquier ataque exterior.
Desde entonces no hemos vuelto a hablar por teléfono ni nada. Cuántas promesas mutuas, cuántos deseos que se iban extinguiendo bajo los pretextos burdos de mis celitos, de sus manias, de mis pegajosos flirteos, de sus escaramuzas precisas... Y pese a que en la actualidad no haya nadie en mi vida (porque lo de Pedro es un rollo diferente), me siento pletórico. En otra fase.












ceniciento adorando el pie de su amito sobre la alfombra de las corridas

1 comentario:

oscar dijo...

Me gusta tu forma de expresarte, muy "rápida" y sincera. Parece como si las palabras salieran directamente de ese "centro" del lenguaje que como todos sabemos se encuentra en la punta de la polla ;)