21 noviembre 2006

MI NOCHE CON... ANNA MAY WONG

Anna May Wong (1907-1961)


El exotismo de la Wong brilló con formas refulgentes durante el período mudo del cine norteamericano. Era un exotismo falsificado, bastardo, o si se prefiere, pasado por la sensibilidad simplista del departamento de publicidad de los estudios de Hollywood. Anna May no era china auténtica, pues había nacido en Los Angeles, pero su familia (y la rigurosa mentalidad de su padre, en especial) eran netamente orientales. Pese a tanta hibridez, ella era fantástica, su belleza considerable, sus piernas magníficas y sus manos...guau,. había algo en sus manos que resulta todavía hipnótico. No son las manos de Bruce Lee, que sabemos cuando se agitan a dónde pueden ir a parar. Las de la Wong eran palomas sutilisímas, que podían ofrecer tanto una caricia como la propia muerte. El espectador, al entregarse al tópico para ella creado, siente su misterio no sin escalofríos. Y ella al aceptar su condición de chinoisserie, aplica sus poderes para que el resultado conforme a todos.
Le agradecieron muy poco su entrega los capitostes de Hollywood: mal pagada (en comparación con sus compañeros occidentales) y subordinada a secundarios, cuando no rechazada escandalosamente para personajes en los que sería muy idónea. Y ésto por el sólo hecho de que estaba prohibido plasmarse romances interraciales. En cuanto a esto último (un ejemplo evidente de racismo idiota), sus papeles de china iban a parar a actrices norteamericanas quedando la mayor parte de ellas francamente ridículas por los burdos maquillajes (entre otras cosas). Si bien en el período silente pudo demostrar que podía ser un bocado apetecible para un anglosajón, su destino trágico parecía ya venir marcado desde un principio y lo que le quedaba a la exótica era prepararse para la muerte final.
La Wong como orfebrería de luxe no tiene precio. Sus fotografías la envuelven de ropajes increibles, sobre dioramas y forillos que terminan siendo de un onirismo descabellado en la mejor tradición pictórica del XVIII. Pero cuando ella se mueve por escenarios más actuales la combinación de exotismo-modernidad es capaz de producir efectos súblimes en tanto que anteceden al estilo art decó que pronto se impondría (y el decó en su impureza daría ejemplos igual de delirantes cuando se puso en boga la fiebre egipcia, a raiz del descubrimiento de la tumba de Tutankamón, mismamente en joyería). En la secuencia del baile oriental en Picadilly (un Dupont que seguía en plena forma con sus asuntos relacionados con los celos) el escenario de la sala de espectáculos queda transformado en espacio ritual donde la divina china nos ofrece sus movimientos minimales, su arcana gestualidad, de una lentitud tan majestuosa como calculada. Amparándola (o mejor, adornándola), cuatro enormes candelabros acabados en velas fálicas van rotando al compás de la música, inventando de paso una iluminación que otorga al recinto una sensación de fantasmagoría increible, rayana en lo psicodélico. Es como si todo hubiese sido inducido por la carismática Anna que en sus juegos de manos hace prodigios.
En ese mismo filme, donde por cierto aparece en un corto papel Charles Laughton, la lucha de razas se reproduce en un transfondo sentimental. La Wong, que se llama Shosho, arrebata al hombre que le interesa (el empresario que la contrató) de los brazos de la protagonista en buena lid. Pero la muerte le espera desde la ambiguedad de las luces y sombras (heredadas del expresionismo) : no fue la despechada la que la disparó detrás del biombo sino el chino que la amaba en silencio. Sea quien fuere, Anna bordaba este tipo de escenas fatales con arrojo y sinuosidad. Tenía algo de felina cuando emprendía el retroceso, y mucho de maga cuando se tapaba parcialmente el rostro con aquellas anchas mangas transparentes con bordados arabescos. Era su hábitat el Limehouse de los fumaderos de opio, de los restaurantes con vestíbulos intrincados en angostas escalerillas dónde se podía jugar una timba junto a otros orientales dudosos. Por lo tanto, era imágen de peligro y marginalidad. Cuando salía al exterior no podía ejercer de otra cosa más que de mujer fatal. Su sexualidad, a pesar de estar a flor de piel, aportaba un bonus etéreo, en consonancia con la forma de entender los asuntos cameros que les presuponemos a las mujeres no judeo-cristianas. Y, aún cuando se topó en un tren que iba a Shangai con la más característica del género, la Marlene más pavo real de la Paramount, no retrocedió un milímetro ante su artificiosidad. Los resquemores de su homicidio (defensa personal) los superaba muy bien pintándose los labios de rojo dragón en el interior de su vagón privado. En eso Sternberg era generoso: barroquismo para todas...y todos (recordemos el tratamiento visual concedido a Victor Mature en El Embrujo...: Dietrich por triplicado) .
Los años relevantes de nuestra invitada son, pues, los años veinte y treinta. Hollywood en pos de la aventura y el misterio con los chinitos más idealizados o perversos, adaptando la literatura superventas de Pearl S. Buck o los pulps de Sax Rohmer. Del colonialismo romántico al peligro amarillo del doctor Fu Manchu. Todo en calidad de estreno a lo grande, como grande era el Chinese Theater de Hollywood Boulevard. Y Anna ni siquiera fue la abnegada Madame Butterfly, la prefirieron mejor pérfida princesa Turandot (en teatro) para que no se desviase de su imágen más vendible. ¿Acaso no parecía la mismísima hija de Fu Manchu en Old San Francisco (1927. Alan Crosland)?. Allí estaba ella, en la Barbary Coast más bárbara. O sea, Chinatown. Entretenida del usurero Warner Oland, que pasaba por norteamericano pero en verdad era chino de lo peor (como bien sospechamos los adictos al cine mudo, de Oland nunca hay que fiarse), adorante de un Confucio demoníaco, manteniendo enjaulado a su hermano aquejado de dwarfismo para que no revele su verdadera identidad. Y la Wong (cuyo nombre se ha vuelto piropo lírico de los que no admiten los padrones, Una flor de Oriente) se muestra ardilla, astuta a velocidad del rayo, presta para ayudar a su amante en sus planes nocivos (pena de terremoto mítico: en las entrañas de la tierra quedaba ella y muchos como ella).
Aunque en Mr. Wu (1927. William Nigh) estaba muy próxima a Lon Chaney (el protagonista), no nos engañemos: ni el actorazo era Fu-Manchú (pese a que influyó lo suyo su caracterización de mandarín al futuro personaje de Karloff) ni Anna May era la hija de un pérfido. Chaney, a quien los espectadores razonablemente habían aprendido a temer (como a Von Stroheim a odiar), en cambio, no es un ser negativo. Es implacable, hasta cruel pero hay en el fondo una grandeza de espíritu que nos lo hace próximo. Terminamos comprendiendo sus actos, aunque no los compartamos. Se basan en un férreo acatamiento a tradiciones ancestrales. Su cumplimiento, casi siempre sangriento, se producirá tras el profundo dolor moral que precede a toda reflexión que implica un sacrificio. La Wong prorrogaba su destino de abnegada, perrilla fiel de una Reneé Adoreé que se llevaba la mejor parte de un pastel dramático que devoró malamente (de nuevo, el síndrome Butterfly). Era la Adoreé la hija de Mr. Wu, fascinada por los hombres rubios, preñada de un occidental, contraviniendo toda regla milenaria. La Wong presiente el triste final de su compañera y está fantástica, creible. No así la otra, que se pasa en sus recursos teatrales, trasnochados por completo.
Triunfa, por encima de todo, el envoltorio lujosísimo de la Metro Goldwyn Mayer, el sentido lírico de Nigh (un obseso de lo chino: en el sonoro dirigió a Karloff en la serie de Mr. Wong, por ejemplo) y la fina elegancia del director artístico Cedric Gibbons que parecía haber tomado buena nota de los alardes preciosistas de un Cameron Menzies para el Ladrón de Bagdad de Fairbanks (1924), mientras de paso inventaba el art decó en interiores, que a su vez iba a inspirar retazos de las supremas imaginerias de artistas como Hans Dreier para Tres lanceros bengalíes (1935. Henry Hathaway) o Stephen Goosan para la Shangri-La de Capra (Lost Horizons).
Hubo en la carrera de Anna May méritos para el prestigio: fue la protagonista principal de un tecnicolor hoy descolorido, The toll of the sea (1920) y además, se la calificó como una de las chinitas más elegantes de la comunidad cinematográfica USA. Sin embargo, nunca pudo contraer matrimonio (por las leyes de la época) a pesar de que entre otros romances figura el director Marshall Neilan y, además, su carrera dio un giro forzoso hacia el mundo de la televisión, visto el trato que le ofrecían las productoras. Una de sus últimas apariciones en pantalla grande fue haciendo de criada sumisa de la potente glamour woman Lana Turner (Retrato en negro.1960). Murió de un ataque al corazón y cirrósica perdida un año después del estreno de aquel melodrama.
Resulta entrañable que una de sus sucesoras más indirectas, la sublime pero demasiado fugaz Nancy Kwan (n.1939) sea la encargada de rendirle tributo en su página oficial en Internet. De Wong (Suzie) a Wong (Anna May).

2 comentarios:

Gloria dijo...

Excelente artículo sonre la Wong. No hace mucho que vi "Piccadilly" por la curiosidad de Ver a Laughton en sus inicios cinematogràficos, viéndome recompensada por una excelente película, que, una se para a pensar, era terriblemente atrevida para su tiempo y captura magnificamente el Londres de la época.
La Wong está realmente hipnótica desde su primera aparición con carreras en las medias bailando en la cocina del club.
También me gustó el enamorado chino de Shosho, una especie de Mickey Rooney oriental con perpetua expresión avinagrada.

Por cierto, Ray Milland estaba entre los extras de "Piccadilly"

jessica dijo...

hola estab buscando informacion sobre esta mujer que sin lugar a dudas es hermosisima , solo llegue a ver una de sus peliculas se llamaba , pero eso basto para darme cuenta de su talento se llamaba : el mito de las chinitas abnegadas pero en ingles se dijo:The Toll Of The Sea

muchas gracias señorita ana nunca la olvidare