07 mayo 2006

DIRIGIDO POR...FA. 2.Antonioni y el rayón que embelleció a Eleonora (Sette canne, un vestito)

El Antonioni de los años cuarenta, el cortometrajista y autor de guiones para obras ajenas es un vivo ejemplo de seguidor de un ismo dentro sus postulados más fieles u ortodoxos. Discípulo y ayudante de Rosellini (para él escribió Un Pilota Ritorna en el 42) el primerizo se adentra con su cámara· ojo en los distintos paisajes de una tierra italiana debastada por la guerra y en la que cobran preminencia exclusiva los trabajadores del campo y los de las fábricas...Los desprotegidos y explotados, en suma.
Gentes del Po es su primer corto quedando desde entonces a las claras que había nacido un cineasta con vocación de denuncia. Por lo menos los primeros años de su carrera son parecidos a los primeros años de otros emblemáticos directores de su generación. A partir de que la fórmula se agotó o bien que los propios autores no quisieron cerrarse a lo concreto pues había personalidad suficiente como para poder desarrollar otras inquietudes de artista (dando virajes que crisparon a teoricos cerriles y demás calaña conservadora) a Antonioni le empezamos a gozar (o padecer, según los gustos) en otros temas que le convirtieron en uno de los casos de mutación más memorables del arte del siglo veinte.
Parejo a esto surgió la moda Antonioni, fenómeno casi sociológico que junto a la Dolce Vita de Fellini encontraría adicciones snobistas sensibles de transformarlo en un icono pop vulgarizante y sobre todo, creador de mímesis, algunas en verdad absurdas.
Hay quienes no ven tan diferente al cortometrajista del luego autor de Il deserto Rosso. Hay quienes piensan, yo entre ellos, que su interés por el tejido de rayón de este Sette canne, un vestito (49) que sirve para que las mujeres ricas puedan lucirse en sus fiestas galantes no es otra cosa que la explicación de porqué lucía luego tan elegante su casi musa Eleonora Rossi Drago, heroina sofisticada de su cine de los años cincuenta. Después vendrían las Vittis, Massaris y Moreaus. Pero antes hubo una obsesión muy haute coture con esos maniquís sublimes llamados Drago y Bose. No hay que prescindir a la hora de realizar una interpretación global de la obra antonioniesca del concepto de frivolidad, puesto que para él un vestido, un objeto (bien fuera un tocador, un armario, una coqueta) adquieren un significado extra que le sirve para explicar problemas mayores como la vacuidad de una sociedad concreta o una simple destrucción amorosa por la causa manida del hastio existencial.
Pero la crítica ortodoxa (y heterosexual) pensará antes en otros detalles. La similitud de planos entre los barridos de árboles que atraviesan el Po con el viaje melancólico del Aldo de Il Grido o la perfecta equiparación de los obreros de las fábricas de este corto con los que aparecen en el Desierto Rojo. En todos los ejemplos el mensaje sería una misma denuncia: la alienación del individuo frente a una sociedad super industrial.
El final de Sette canne, un vestito es la pasarela de modas. Ahi concluye el proceso de la elaboración del material textil que se puso tan de moda en la posguerra. Los proletarios trabajaron pues para embellecer a las burguesas con glamour. Pero con el tiempo, el propio Antonioni demostraría en nuevas películas que esas mismas burguesas sufrían otro tipo de alienaciones que las harían igual de infelices que las obreritas. Fueron, en definitiva, sus futuras suicidas divinamente empaquetadas en rayón, nylon o visones de alta peleteria que acabaron abriendo el debate en las art houses de la cinefilia chic.

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